jueves, 10 de enero de 2013
El Niño Astro
Hace muchos años atrás, cuando aún las estrellas dominaban el cielo y las luces de las grandes ciudades no tapaban su resplandor, vivía en un asteroide lejano un niño astro.
Sus cabellos eran grises con polvo cósmico lavanda, sus ojos eran negros como el infinito negro que rodea a los cuerpos celestes, sus piel tomaba los colores de los planetas y nebulosas que visitaba durante sus viajes, por lo tanto, era de varios colores vivos como magenta, verde, anaranjado, amarillo con una textura rugosa debido a las rocas que dejan los meteoritos y brillante por el resplandor de todas las estrellas que lo rodeaban.
El joven vivía feliz en su mundo calmo y silencioso, aunque había días (o noches. No se sabe bien cómo se cuentan los días en el espacio) donde la soledad lo atacaba. El niño tenía la compañía de las estrellas, que brillaban y cantaban sólo para él, de los soles que lo acobijaban cuando tenía frío con su calor, de los planetas que les contaban cuentos y tragedias románticas terrícolas donde ellos se vieron involucrados, pero aún así había días donde se sentía muy solo y capaz que soltaba un par de lágrimas, que cristalizadas se convertían en preciosos diamantes que quedaban flotando en el espacio.
Fue entonces que una mañana (o una tarde, o una noche) vio pasar a una estrella fugaz cerca de su hogar. Sus ojos se encandilaron por la brutal belleza del cuerpo celeste, y la violencia con la que viajaba lo fascinó. A los segundos vio su cola de vivos rojos y verdes, que provocó el enamoramiento del Niño Astro. Enceguecido, la siguió por días, semanas, meses y años, enamorado perdidamente. La estrella fugaz notaba su presencia pero no lo habló ni le respondió a ninguno de los poemas que el niño le creaba para ella, ni las flores que recogía en el camino para ella. Permaneció muda, insultando los sentimientos del enamorado joven.
Fue finalmente que el recorrido de la estrella finalizó con un choque a una oleada de meteoritos, donde ella explotó en millones de cristales con una explosión de polvos de colores que fue realmente un espectáculo envidiable de ver. El niño astro fue golpeado y expulsado por el choque de la estrella y fue golpeado por algunos meteoritos que formaban parte de la oleada. Completamente herido, el niño astro cayó por millones de metros hasta finalmente aterrizar en un solitario bosque en nuestro planeta.
Inmóvil debido a los golpes que tenía, veía las estrellas y se apenaba de la lejanía de su hogar. Extrañaba el calor de los soles, los anillos de Saturno donde jugaría al aburrirse, las canciones de cuna que las estrellas le inventaban para que pueda dormir en paz, las historias de Marte y Júpiter y los aromas a azufre y flores que emitían las nebulosas. Su cuerpo se estaba volviendo lentamente humano. Su brillante piel se estaba opacando y sentía cómo se estaba convirtiendo en desgraciada carne, sus ojos perdían el brillo de las estrellas y sus cabellos se convertían en negros. Una tristeza que antes no había conocido invadía su corazón que lentamente se convertía en uno humano. Tenía que tomar una decisión: si quedarse en la Tierra y deambular en la tristeza eterna, como un muerto en vida o finalizar su sufrimiento.
Con los pocos poderes que le quedaban, movió un par de estrellas con sus dedos y consiguió que caiga del cielo, uno de los cristales que había dejado su enamorada al explotar. Cayó con una violencia extrema y atravesó su pecho en cuestión de segundos.
El niño astro lloró sus últimos diamantes junto a sangre, debido a que sus ojos estaban siendo humanizados y las joyas los lastimaban. Consiguió sacarse el pedazo de cristal del pecho y de él, emergieron brillantes mariposas plateadas y flores de una belleza que ninguno de nosotros hayamos podido ver jamás. Hicieron una escalera hacia el espacio y volvieron al asteroide que era su hogar.
Nuestro desgraciado perdió el brillo de sus ojos ya humanos y su piel terminó de convertirse en la opaca y lisa dermis animal que nos cubre. Es así que sólo esperó que los gusanos e insectos realicen su trabajo y coman su carne meintras entraban en su pecho (como pudo ver antes de abandonar la vida). Horas después de su muerte, las raíces de los árboles cercanos se extenderían y lo encerrarían en un capullo, para luego llevarlo bajo sus aposentos y que cumpla la función que todos realizamos al irnos: ser abono para la tierra.
(Es así como la persona que pueda leer esto, entenderá muchos de mis dibujos, y mis pensamientos y bla.)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario