En los arbustos nos escondíamos de niños a darnos besitos escondidos, a contarnos secretos y prometernos cosas con los meñiques. Ahora ahí escondemos nuestros más oscuros pensamientos, nuestros vicios y deseos, nuestros placeres y pecados.
Se te olvidó (capaz que también a mi) que yo sólo quería (y quiero) contarte un secreto, prometerte algo con el meñique, tomarte la mano o tan sólo un piquito (nuevamente, un piquito)
sábado, 31 de marzo de 2012
lunes, 12 de marzo de 2012
jueves, 8 de marzo de 2012
Las hojas aquel otoño no fueron levantadas, quedaron en el suelo, inertes en la interperie. Con el tiempo se oscurecieron y sus preciosos colores estacionales se convirtieron en negro, gastado y olvidado.
Las lluvias castigaron a los pequeños y melancólicos personajes, convirtiéndose en una sola masa mohosa y pegajosa. Una razón de arcada para la sociedad, razón por la cual nadie la siguió levantando.
Las gotas caen una por una, sucias de smog del palacio de cemento frío. Caen sobre la espalda de las sucias ranas que se convirtieron las olvidadas hojas del otoño. Seres aborrecidos, relacionados con el mal y sus verrugas cuentan cada historia de amor no correspondido, guerras, lágrimas de niños.
Ellas lloran porque el fin del día se acerca, pueden ver la neblina colorada próxima. El ocaso está pronto. Y ellas son el claro reflejo del olvido, olvido que ocurre sólo en este bosque. Bosque casi muerto, fantasmagórico. A través de las ramas rotas y troncos caídos se divisa una palacio gris y sucio, sin forma y transgresor.
Las ranas siguen llorando pero nadie las oye.
Las lluvias castigaron a los pequeños y melancólicos personajes, convirtiéndose en una sola masa mohosa y pegajosa. Una razón de arcada para la sociedad, razón por la cual nadie la siguió levantando.
Las gotas caen una por una, sucias de smog del palacio de cemento frío. Caen sobre la espalda de las sucias ranas que se convirtieron las olvidadas hojas del otoño. Seres aborrecidos, relacionados con el mal y sus verrugas cuentan cada historia de amor no correspondido, guerras, lágrimas de niños.
Ellas lloran porque el fin del día se acerca, pueden ver la neblina colorada próxima. El ocaso está pronto. Y ellas son el claro reflejo del olvido, olvido que ocurre sólo en este bosque. Bosque casi muerto, fantasmagórico. A través de las ramas rotas y troncos caídos se divisa una palacio gris y sucio, sin forma y transgresor.
Las ranas siguen llorando pero nadie las oye.
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