domingo, 29 de enero de 2012

Apoyado en el sauce, al lado del olivo, el risueño joven observó a los seres a su alrededor. Su piel estaba salada por la sal del mar, sus rizos de azabache con cloruro. Perdido, su corazón latía a contra tiempo del ritmo de los sonidos del exterior. Extranjero a su lugar y tiempo, se vistió con la cadena de oro que formaban las parpadeantes luces de la metrópolis lejana. Observó el firmamento, el mar de constelaciones anheladas, tuvo a Orión en sus ojos y en su piel. Lunarizado, supo que el cosmos era su hogar. Su sangre dorada brillaba y en un éxtasis espiritual, las hadas de su interior le abrían las puertas al paraíso. Bailaron por toda la eternidad, felices, sin saber que sus almas habían abandonado sus cuerpos.

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