lunes, 21 de noviembre de 2011

Lirios azules

Narciso se levantó a las 11 am aquel sábado. El día era glorioso. Estaba fresco y soleado, por lo tanto se puso un par de shorts y una remera cualquiera que encontró y fue a trabajar en su preciado y cuidado jardín. La paz lo rodeaba mientras el sol delicadamente bronceaba sus pálidos brazos, y él trabajaba en sus flores. Había logrado plantar azucenas, calas, margaritas, bignonias, pensamientos y ahora trabajaba en los lirios. Tanto trabajo les costaba hacer que florezcan y eso que había utilizado toda herramienta posible, pero seguía sin poder lograrlo. Mientras Narciso removía la tierra, su pequeña gata Matilda correteaba por el césped dando pequeños saltos que la acercaban más a un canguro que a un felino.

Narciso vivía solo, sus padres habían muerto hace varios años y le quedó la casa. Sin embargo no sufría de soledad, con su gata le bastaba. Se podría decir que no poseía sentimientos algunos y su poco amor era dirigido a su mascota. Los días de semana trabajaba en la redacción del diario que su padre había fundado como director general. Su trabajo no le resultaba una molestia, pero no lo apasionaba. Él siempre había deseado ser fotógrafo, pero como su padre le habría dicho que esa carrera no le proporcionaba futuro alguno, lo puso a trabajar en la empresa familiar. Así que dejó su pasión como hobby y dedicarse a la fotografía amateur. Poseía una cámara antigua comprada en una bazar a bajo precio en uno de sus fines de semana al interior del país. La cámara tenía un mínimo daño y le logró sacar la mano y hacía tomas bastante apreciables.

Después de la muerte de sus padres, y al ser hijo único, en sus tías maternas había despertado un sentimiento de lástima y culpa por haberlo dejado solo por tantos años y ahora se les ocurría invitarlo a sus hogares o visitarlo todas juntas. Narciso aborrecía esto con todo su ser. No soportaba a sus tías y realmente encontraba increíble que tan desagradables mujeres hayan contraído matrimonio y tenido hijos. Los miraba a sus esposos y pensaba: "Hay que tener estómago realmente". No se refería sólo a lo estético sino en la personalidad de estas mujeres. Sus 5 tías parecían haber sido gemelas todas, con aquella personalidad metiche, manipulador, conservadoras como gorilas, interesadas, egoístas y la lista podía seguir por horas y horas.

Generalmente, las veía los domingos al mediodía para almorzar y luego tomar el té a la tarde acompañados por las tediosas y repetitivas melodías de Arjona y Montaner de los cuales, sus 5 tías eran grandes fanáticas y cantaban al compás toda la tarde. Esto simbolizaba para Narciso la peor tortura existente en el planeta Tierra.

A medida que pasaba el tiempo y mayor era la cantidad de domingos que había visto a sus 5 tías: Esther, Amparo, Carmen, Rita y Cecilia, su odio hacia ellas crecía cada vez más. Pero no se animaba a negar sus invitaciones semanales, es más hasta le resultaba un tanto emocionante verlas, debido a que era lo único que su vida se direccionaba en los últimos meses: A ODIARLAS.

Todos los domingos se preparaba mentalmente para ir a verlas. Se levantaba a la mañana, se lavaba la cara y los dientes, desayunaba y vestía. Vale decir que a Narciso su nombre no le quedaba en lo absoluto. No era una persona abandonada estéticamente pero tampoco vanidoso. Se vestía acorde a la funcionalidad de la vestimenta y clima, y no salía de su rango de colores: marrón, bordeaux, celeste, negro y verde oliva. En su cabello no aplicaba demasiado tiempo, siempre peinaba su oscuro cabello marrón para un costado y se afeitaba 2 veces por semana.

Narciso podía llevar este odio tranquilamente, hasta que un sábado sus tías cayeron de sorpresa a tu casa para tomar el té juntos. El timbre sonó y abrió la puerta, y su rostro se congeló al ver a las 5 mujeres juntas, con una bolsa de panadería y gritando a coro un gran "¡Hola mi amor!" que superaría a cualquier voz molesta conocida por el ser humano. Pasaron sin dejarlo emitir una palabra y pasaron a la cocina. De sus bocas sólo salía halagos a la limpieza y orden del hogar y sus ojos recorrían cada muro buscando algún error para criticar. De la cocina, abrieron la puerta que daba al jardín y salieron a ver el estado del preciado jardín de Narciso. La cólera lo atacó aún más al ocurrir esto. Y, al aparecer Matilda a su vista, las cinco rápido corrieron a agarrarla y sacudirla como muestra de cariño, emitiendo gritos que una soprano con 6 años de práctica no puede alcanzar. La gata aturdida por tanta cantidad de personas, lloraba desconsolada. Narciso, al ver lo que le hacía a su preciada mascota, corrió a su rescate, arrancándola rápido de sus horrendos brazos junto a una mirada cortante. Al ocurrir esto, ellas emitieron una onomatopeya de sorpresa y comenzaron a quejarse de la falta de educación de su sobrino.

Se sentaron en la mesa y comenzaron a cortar las facturas en mitades y a comerlas, dejándole a Narciso el trabajo de hacer el té. Mientras este realizaba la tarea, las otras seguían criticando la crianza de su sobrino y hablando miserias de sus padres. Narciso simplemente no lo soportó. Sentía que sus oscuros ojos marrones iban a estallar de la furia y, al buscar el té en hebras, vio que un poco más arriba estaba un frasco con un poco de sulfurato de talio que había usado hace unos meses para exterminar una plaga de hormigas en su hogar. Parecía tan simple. El talio es letal al cuerpo humano y no daña estéticamente a los cuerpos. Vació la botella en la tetera, y silenciosamente, colocó las tazas en el respectivo lugar de cada tía. Les sirvió a cada una en silencio y luego se sirvió a él y se sentó. Simuló que colocaba azúcar a su té mientras observaba como cada una vaciaba su taza a una velocidad animal. Así fue como vio que los ojos de sus tías se abrieron grandes y como el contenido de sus tasas salían por sus bocas manchando las cadenitas de oro con dijes de cruz en cada una y sus sweaters ligeros de celeste, rosa, blanco, marrón y verde azulado. Y finalmente observó con placer como de una iban cayendo como muñecos sobre la mesa debajo de un reloj de madera que daba la 5 en punto. Su preciado té a las 5 en punto.

Tranquilamente Narciso se levantó y puso las tazas en la pileta. Limpió las migas con un trapo amarillo y abrió la puerta del jardín. Llevó los cuerpos uno por uno al patio y los enterró alrededor de ellos. Carmen al lado de las bignonias, Rita detrás de las azucenas, Cecilia justo debajo de las calas, Esther a la izquierda de los pensamientos y Amparo a la derecha de las margaritas. Una tras otra las enterró en su amplio y colorido jardín. A su taza de té envenenada la guardó en caso de que a alguien se les ocurra investigar y deba usarla como último recurso.

Pasaron días y los maridos de sus fallecidas tías fueron a su hogar a preguntar el paradero de estas. Narciso notó un ligero tono de tristeza pero no aquella desesperante que sufrirían otras personas. En sus adentros supo que un indicio de alegría brotaba en ellos y que les hizo un favor, que se lo guardaría en sus adentros por siempre.

Las semanas corrieron y la paz de su hogar era fatal. Cada vez se hacía más desesperante. El único sentimiento que guardaba su neutral cuerpo era el odio que tenía a sus tías y lo llevaba a desarrollarlo aquellos domingos, había desaparecido totalmente. Y jamás volvería por la ausencia física de ellas y el desquite de este al asesinarlas. El poco sentido que tenía su vida se había desvanecido y era su culpa en todo aspecto.

Los días pasaban y pasaban y Narciso desesperaba, cada vez estaba siendo carcomido por la desesperación. Lentamente. En la simplicidad y paz de su vida diaria, sus más oscuros huecos lo mataban por dentro. Simplemente no lo soportó. 8 sábados después del homicidio de sus tías, Narciso calentó el poco de té sobrante de esa vez. Vertió el tibio contenido en una taza y se dirigió a su jardín, justo en el medio donde tendrían que salir los lirios que nunca salieron, su trabajo fallido. Bebió de un gran trago la infusión y se acostó en su césped esperando a que el talio haga efecto. Sus pálidas manos sintieron el verde pasto que había sembrado con paciencia y observó el cielo nublado de aquel precioso sábado. Más perfecto no podía ser, dormir eternamente en su lugar de paz, en su lugar preferido.

Pasaron los días y nadie se pasó por la casa. Sólo se habitaba de Matilda y el lúgubre silencio que apoderaban las paredes. Un miércoles una vecina oye maullar a la gata de hambre y, al no notar ningún movimiento en la casa contigua, mira por la tapia al jardín. Donde vio el hocico del felino manchado de rojo y los restos de un cuerpo de hombre y sus ropas. Aterrorizada llamó a la policía y esta retiró el cuerpo, sin buscar los cadáveres de las tías enterradas.

Meses pasaron hasta la próxima primavera. La casa había sido abandonaba y puesto a la venta, pero nadie había aparecido interesado en su compra. Sólo la habitaba la gata, que a pesar de ser alimentada por los vecinos y pájaros de los árboles, ese seguía siendo su hogar. Aquella estación, justo en el centro del jardín, crecieron unos magníficos lirios azules, de un color intenso jamás visto, que sólo la vecina de al lado apreciaría al ver cómo estaba la gata a través de la tapia. Y claro que iban a crecer, no tenían un abono cualquiera.

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